Frases célebres de Marcelino Menéndez Pelayo

¡Qué pena morir, cuando me queda tanto por leer!

Desde luego es más cómodo saber poco que saber mucho.

Si en sus obras hay luz, paz y hermosura, es porque emanan de otra luz más pura.

España, evangelizadora de la mitad del orbe; España martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio; esa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra. El día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vetones o de los reyes de taifas.

Pueblo que no sabe su historia es pueblo condenado a irrevocable muerte. Puede producir brillantes individualidades aisladas, rasgos de pasión de ingenio y hasta de género, y serán como relámpagos que acrecentará más y más la lobreguez de la noche.

España debe su primer elemento de unidad en la lengua, en el arte, en el derecho, al latinismo, al romanismo.

Y volveremos a tener un solo corazón y una alma sola, y la unidad, que hoy no está muerta, sino oprimida, tornará a imponerse, traída por la unánime voluntad de un gran pueblo, ante el cual nada significa la escasa grey de impíos e indiferentes.

No queráis llamar lengua española a la lengua castellana, frase malsonante y rara vez usada por nuestros clásicos, que siempre se preciaron de escribir en castellano. Tan lengua española es la castellana como la catalana y la portuguesa.

La fe hace portentos y salva a las naciones como a los individuos.

Ese es mi amor; el inmortal deseo que antes erraba sin hallar reposo.

Y si tú me recuerdas alguna vez en solitarias horas, no será por los triunfos y laureles que siembre a fortuna en mi camino, sino por la recóndita armonía que vibró de tus ojos en mi mente, y arrancó, reflejada en mis cantares, tal vez una sonrisa de tus labios.

Tú serás el cincel, noble señora, que labre el mármol del ingenio mío.

Y si tú me recuerdas alguna vez en solitarias horas, no será por los triunfos y laureles que siembre a fortuna en mi camino, sino por la recóndita armonía que vibró de tus ojos en mi mente, y arrancó, reflejada en mis cantares, tal vez una sonrisa de tus labios.

Nunca, en el largo curso de la historia, despertó nación alguna tan gloriosamente después de tan torpe y pesado sueño como España en 1808.

¡Ojalá cada sol que te amanezca aún más hermosa y más feliz te mire!

Sin un poco de fanatismo no se hacen milagros en filosofía ni en ninguna otra ciencia humana.

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